Archivado en: General
La mañana había comenzado bien: paramos a desayunar en Villafranca de Montes de Oca, café con leche y bocata de jamón. Nos preparamos para subir el puerto y llegar tempranito a Burgos.
Dejamos la carretera a la derecha y pasamos junto a las tiendas de campaña que hacen de albergue allí. Nada más comenzar el caminito hay una cuesta enorme para iniciar la subida al puerto, al llegar allí y dar la primera pedalada fuerte zas!!! se cae el pedal: al principio pensé que era el eje el que se había roto aunque luego pudimos comprobar que sólo era el tornillo que sujeta el pedal al eje.
Buscar un tornillo de esas características allí era un problema, no había taller de reparación y nos dijeron que dos quilómetros atrás sí que había un taller para poder arreglarlo. Me fui al borde de la carretera para hacer autostop para llegar a ese taller. Después de un buen rato un amable señor me llevó hasta allí, conseguí el tornillo y de nuevo en autostop regresé a -Villafranca. Para ese momento ya era mediodía, buscamos un lugar para comer y en la parter alta del pueblo una señora nos ofreció en una especie de restaurante unas patatas fritas con unos huevos.
Habíamos perdido toda la mañana, la bici no sabíamos lo que iba a aguantar y tuvimos que suplicar que nos dieran algo para comer. Por lo demás todo bien.
Sobre las dos de la tarde decidimos que debíamos llegar cuanto antes a Burgos para buscar un taller y reparar correctamente la bici; para ello tomamos la carretera en lugar del camino con la idea de llegar cuanto antes. comenzamos la dura subida pensando que ya habíamos pasado la mala parte del día: ja, ja, ja.
Cuando llevábamos algo más de un cuarto de hora de subida de repente el cielo se puso negro y comenzó a diluviar: truenos, relámpagos… la tormenta parecía de buen tamaño. Cuando llegamos a lo alto del puerto casi nadábamos más que ir en bici y no paraba. Decidimos continuar, a pesar de todo, porque teníamos que llegar cuanto antes a Burgos.
Paramos en una aldea nada más terminar la bajada por tomar un café. No había bares y sólo en una casa con un cartel de coca cola. Llamamos a la puerta y nos aparece un tipo con un cuelgue tremendo: allí se fumaba de todo y era una especie de club o algo así donde varios colgados estaban tumbados por los sofás fumando y bebiendo. Les pedimos una cola y salimos corriendo lo más posible una vez nos secamos un poco.
En este momento descubrimos también que las alforjas no eran impermeables (todo estaba calado dentro). Cinco minuntos en ese antro y continuamos hasta llegar a la ciudad.
La llegada a Burgos es una de las partes más odiosas del camino. Se pasa durante un montón de quilómetros por polígonos y una enorme avenida recta que no tiene fin. El tráfico es infernal y no se respeta a peatones ni ciclistas. Odio esa llegada tanto como la llegada a León.

Además no paraba de llover. Cuando llegamos al centro nos pusimos a buscar alojamiento y continuaron los problemas: no había pensión con una sola plaza libre. Llegamos frente a la catedral y estábamos resguardados bajo los andamios de una obra: enfrente había un restaurante en el que se estaba celebrando una boda, el lugar era maravilloso, nuestra situación patética: empapados, sin sitio para dormir, debajo de una obra y frente a una celebración: ¡entonces se pone a granizar!

La visión del arcoiris era algo espectacular en este entorno.

Después de todo lo pasado ya no podíamos continuar más así. Nos fuimos a información y turismo y nos dijeron que podía haber sitio en un Melia de la ciudad: allí nos fuimos a verlo. Cuando aparecimos por la puerta: calados, llenos de barro… al recepcionista casi le da un infarto. Sólo al esgrimir nuestras tarjetas de crédito parece que la cosa cambió un poco.
Tenían una habitación doble disponible y allí decidimos instalarnos: por unas horas dejamos la austeridad del camino y nos movíamos entre alfombras y sábanas limpias. Llenamos la bañera e hicimos la colada en ella: el agua se quedaba marrón del barro. Luego colgamos calcetines, calzoncillos, culotes… por toda la habitación, aquello parecía un mercadillo.
Yo salí hasta Decathlon para arreglar la bici y cuando salimos por la puerta del hotel a cenar limpios, vestidos normales, secos… el recepcionista ya nos miraba de otra forma.
El final de la jornada fue estupendo: nos sentamos en un restaurante de la plaza de la catedral y cenamos tranquilamente recordando todo lo pasado en el día, una sopa castellana, una buena chuleta y una buena botella de vino. El camino tiene estas cosas: por muy mal que salga todo siempre te esconde un maravilloso final
Dejar un comentario hasta ahora
Deja un comentario