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A partir de León el camino comienza a cambiar. Poco a poco se hace la transición desde la meseta Palentina hasta las montañas gallegas. La salida de la ciudad es tan desagradable como la llegada, suele ocurrir en todas las grandes ciudades. Avenidas largas llenas de tráfico hasta llegar de nuevo a los caminos.
La primera parada, nada más salir, es la Virgen del Camino. !Menudo pegote¡ No tengo mucho más que añadir. Es una pena encontrar este lugar en medio de coches y ruido.
Poco a poco comienzan a aparecer algunos árboles y el terreno se ondula suavemente: son las primeras señales de las montañas que cada vez se ven más cerca. Casi sin darnos cuenta llegamos hasta el Puente de Órbigo: donde tuvo lugar el torneo del paso honroso. Para más detalles: http://es.wikipedia.org/wiki/Paso_honroso

Debajo del puente había unos sauces llorones y a su sombra nos comimos un bocadillo de jamón que compramos en el bar de enfrente. La estancia aquí fue corta y no guardo especial recuerdo, teniendo en cuenta el papel tan importante que este lugar ocupará en algunos de mis caminos posteriores.
Hasta Astorga tomamos el camino por la carretera: en este ocasión no descubriría la belleza de la ruta que va por el monte. Nada más salir se toma la carretera en un itinerario fácil y corto. El año en que lo hicimos con Maxi y Estíbaliz nos fuimos también por la carretera y nos cayó un diluvio. La variante que va por el monte es tranquila y muy agradable. Uno de los tramos más bonitos de todo el camino francés.
Cuando llegas a Astorga tienes una subida de un porcentaje increible: el camino se empina hasta el infinito y casi tienes que bajar de la bici; es una cuesta corta pero durísima que te acaba matando. Definitivamente el camino ha cambiado: nos encontramos en el corazón de la Maragatería y, como no podía ser de otro modo, tierra del cocido maragato (grandes momentos ante tan maravilloso plato en el que la sopa se come al final).
En Astorga hicimos una visita turística breve y una recomposición de organismos (de entrada y salida como da fe el bar frente al palacio). El camino desde Astorga a Rabanal ya es siempre en subida. Poco a poco se va ascendiendo sin parar. En aquella época los pueblos por los que pasa el camino estaban prácticamente abandonados. Santa Catalina o El ganso eran pequeñas aldeas sin servicios con los edificios en ruinas. Algo muy diferente a lo de hoy día con restaurantes, albergues… Han perdido el encanto de entonces y hoy sus calles tranquilas de entonces dan lugar al bullicio de turigrinos durante los meses de julio y agosto.
Desde aquí hasta Rabanal ya queda poco, las cuestas se van haciendo más duras hasta llegar a la misma población. Allí paramos en el albergue del Pilar. En aquella época aún no tenía todos los arreglos que ahora tiene, era mucho más sencillo pero ya entonces era un lugar encantador. En el patio he pasado algunas tardes estupendas a lo largo de los caminos que he hecho. Siempre he hecho fin de etapa en Rabanal y siempre he dormido aquí. Es uno de los albergues que mejores recuerdos me trae. Estas etapas son una maravilla. Puedes disfrutar plenamente del camino, de las gentes. A estas alturas ya estás físicamente muy bien y recuperas rápido los esfuerzos. En Rabanal sólo había en aquella época un bar (agradable y con buena comida). Por las noches siempre refresca y es necesario recuperar bien porque la etapa siguiente es la subida a la cruz de ferro.
A la mañana siguiente la subida al puerto. Si vas rodado no hay problema, sólo es cuestión de tomarlo con calma y disfrutar de la mañana. Nosotros hicimos la subida por la carretera porque no merece la pena seguir la senda para las bicis ya que el camino es paralelo. La ascensión es dura y no hay casi descansos. Casi arriba llegas a las ruinas de Foncebadón (entonces completamente abandonado) y desde allí un último esfuerzo hasta la cruz.
Se dice que los peregrinos dejan allí una piedra que han tomado en Roncesvalles. La cruz suele ser objeto de disputas y ha recibido varios atentados. En la zona hay conflictos entre Manjarín y las instituciones sobre el tema del camino.

En esta ocasión paramos un momento en la cruz y decidimos continuar sin dilación, no paramos a hacer una visita a Manjarín a pesar de que nos tocó la campana. Uno de los problemas de la bici es que te pierdes muchas cosas, sobre todo en las bajadas. El descenso desde la cruz hasta Ponferrada lo haces sin darte cuenta desde la bici. El asfalto es bueno pero debes ir con cuidado porque hay bajadas peligrosas. Paramos un par de veces para hacer fotos y debíamos tener cuidado porque alcanzábamos a los coches en el descenso. Es una sensación maravillosa descender un puerto después de haberlo subido a tumba abierta.

Bocata de recuperación en El acebo, en cuyo mesón no tienen muy buen recuerdo de Cela. Años después paré a dormir allí y pude contemplar una de las puestas de sol más bonitas que he visto en el camino. El acebo es el pueblo de entrada al bierzo y ya presientes Galicia.
Pasamos sin parar en Molinaseca (error que descubriría varios caminos después) hasta llegar a Ponferrada. Allí visitamos el castillo y comimos en la ciudad. La plaza con el reloj y su zona minera. Aún no habían limpiado toda la zona y era una ciudad oscura y sucia.

Desde allí hasta Villafranca el camino es llano y fácil. Se pasa por una carretera secundaria sin mucho tráfico y hay descanso obligado en la Moncloa (Prada a tope) en Cacabelos. El ambiente cada vez es más gallego, se nota en las gentes y en el paisaje. Me quedé con ganas de haber visitado las Médulas y el valle del silencio (pude realizarlo algunos años después). Y llegamos a buena hora a Villafranca.
No teníamos sitio para dormir y decidimos, tras muchas vueltas, preguntar en un hostal junto a la carretera nacional. Allí conseguimos una habitación con lo imprescindible para dormir y poco más. Tras instalarnos en aquel antro salimos para ver el castillo, la calle del agua, la iglesia de Santiago y la plaza. Cenamos tranquilamente y nos fuimos a descansar ya que al día siguiente nos esperaba la subida a Cebreiro: la etapa más dura del camino según la guía, un auténtico puerto con un perfil de infarto.

Mi rodilla iba bien, me seguía molestando pero no me impedía caminar. Villafranca es una ciudad muy bonita con un ambiente muy peregrino. La cercanía de la meta nos daba ánimos y también teníamos la tristeza de finalizar el camino.
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